Desde el principio Teresa nos advierte de la importancia de estas Moradas, porque es fundamental entender quiénes son estas almas concertadas, cuál es el peligro que encierra conformarse (darse por satisfecho) con el estado en que se encuentran. Es un momento decisivo porque en él se juega toda nuestra vida. Aquí está la gran encrucijada donde muchos se pierden, donde la religión destruye a la persona, donde nace el fariseísmo como presunción, prepotencia y soberbia que humilla a los otros mientras hace engordar en propio ego. El gran peligro es que ciega y se necesita una intervención desde fuera de nosotros para que nos quite esta ceguera que impide ver la verdad de nuestra propia condición. Momento en el que tendremos que detenernos porque ¿Quién no se ha preguntado por qué son tan pocos los que llegan a la plenitud? ¿Por qué hay tan pocas personas realmente místicas? ¿Por qué hay tan pocas personas maduras, realizadas, felices?

¿Cuál es la diferencia de estas almas concertadas, aparentemente espirituales, con la persona que verdaderamente ha entrado en el dialogo de la oración? Teresa lo describe al comienzo de este capítulo: parece que llevan una vida “ordenada”, es decir, aparentan rectitud, espiritualidad, se tienen y le tienen por santo, una buena persona. Pero, cuando llega la ocasión, no están a la altura, ante las adversidades de la vida no saben reaccionar, se inquietan, atemorizan, escapan de aquello que les descoloca de su espléndida y cómoda vida. No quieren los imprevistos que los demás traen cada día, quieren tener su vida bajo control, parece que son “señores del mundo”, pero las circunstancias les zarandean.

Gran psicóloga Teresa que describe con detalles y ejemplos las características de estas almas concertadas:

  • 1.- El estado en que viven es más aparente que real.
  • 2.- Su egoísmo permanece intacto bajo la apariencia de una vida espiritual cuadriculada, minuciosamente programada, “concertada”.
  • 3.- Presume de sus buenas obras que le acreditan y las exhibe como trofeo. Le sirven como peana para alzarse sobre los demás y se autoproclama medida para todos. Enseña a todos pero no se deja enseñar.
  • 4.- Apoyado en sus buenas obras reclama y exige a Dios que tiene obligación de ayudarle y le “regale” en la oración.

Hacen muchas cosas, pero han dejado intacto lo interior, su persona. Les falta amor para salir de sí, porque lo importante es la liberación del “yo” y eso aún está por hacer. Necesitan una reorientación a fondo. No la harán por sí mismas, porque no ven que lo necesiten. Por eso interviene Dios, intervención de amor. Pero el paso hemos de darlo cada uno, esta es la ascética teresiana. No se trata de mortificaciones y obras externas, sino de un conocimiento propio, un trabajo de introspección personal que lleve al conocimiento y a salir de sí mediante la donación, la entrega, el servicio. Es el amor que siempre da, que siempre antepone al otro. Jesús pasó haciendo el bien a todos. Lo vuelvo a recordar, esa es la cumbre de la mística que encontraremos en las séptimas moradas: el servicio, la total disponibilidad. El cerco del ego se rompe con el amor que es donación, este es “el negocio”, no las obras externas, también necesarias, pero como expresión de la propia entrega, porque no se trata de dar, sino de darse. Esa será la cumbre que se juega en estas terceras moradas. Paso decisivo, aquí o se da el paso hacia la cima o se vuelve atrás. Cuidado con las almas concertadas, abundan, hay demasiados “espirituales”, estemos atentos para no ser una de ellas. Merece la pena llegar al final, el amor hecho servicio. Ahora comienza a ejercitarse en el amor, sostenido por la humildad y la obediencia. Palabras que no están de moda, pero que con la explicación de Teresa entenderemos su valor e importancia.

Texto para la lectura.

TERCERAS MORADAS CAPITULO SEGUNDO

Prosigue en lo mismo y trata de las sequedades en la oración y de lo que podría suceder a su parecer, y cómo es menester probarnos y prueba el Señor a los que están en estas moradas.

1. Yo he conocido algunas almas, y aun creo puedo decir hartas, de las que han llegado a este estado, y estado y vivido muchos años en esta rectitud y concierto, alma y cuerpo, a lo que se puede entender, y después de ellos que ya parece habían de estar señores del mundo, al menos bien desengañados de él, probarlos Su Majestad en cosas no muy grandes, y andar con tanta inquietud y apretamiento de corazón, que a mí me traían tonta y aun temerosa harto. Pues darles consejo no hay remedio, porque, como ha tanto que tratan de virtud, paréceles que pueden enseñar a otros y que les sobra razón en sentir aquellas cosas.

2. En fin, que yo no he hallado remedio ni le hallo para consolar a semejantes personas, si no es mostrar gran sentimiento de su pena (y a la verdad se tiene de verlos sujetos a tanta miseria), y no contradecir su razón; porque todas las conciertan en su pensamiento que por Dios las sienten, y así no acaban de entender que es imperfección; que es otro engaño para gente tan aprovechada; que de que lo sientan, no hay que espantar, aunque a mi parecer, había de pasar presto el sentimiento de cosas semejantes. Porque muchas veces quiere Dios que sus escogidos sientan su miseria, y aparta un poco su favor, que no es menester más, que a osadas que nos conozcamos bien presto. Y luego se entiende esta manera de probarlos, porque entienden ellos su falta muy claramente, y a las veces les da más pena ésta de ver que, sin poder más, sienten cosas de la tierra y no muy pesadas, que lo mismo de que tienen pena. Esto téngolo yo por gran misericordia de Dios; y aunque es falta, muy gananciosa para la humildad.

3. En las personas que digo, no es así sino que canonizan –como he dicho- en sus pensamientos estas cosas, y así querrían que otros las canonizasen. Quiero decir alguna de ellas, porque nos entendamos y nos probemos a nosotras mismas antes que nos pruebe el Señor, que sería muy gran cosa estar apercibidas y habernos entendido primero.

4. Viene a una persona rica, sin hijos ni para quién querer la hacienda, una falta de ella, mas no es de manera que en lo que le queda le puede faltar lo necesario para sí y para su casa, y sobrado. Si éste anduviese con tanto desasosiego e inquietud como si no le quedara un pan que comer, ¿cómo ha de pedirle nuestro Señor que lo deje todo por El? Aquí entra el que lo siente porque lo quiere para los pobres. – Yo creo que quiere Dios más que yo me conforme con lo que Su Majestad hace y, aunque lo procure, tenga quieta mi alma, que no esta caridad. Y ya que no lo hace, porque no ha llegádole el Señor a tanto, enhorabuena; mas entienda que le falta esta libertad de espíritu, y con esto se dispondrá para que el Señor se la dé, porque se la pedirá. Tiene una persona bien de comer, y aun sobrado; ofrécesele poder adquirir más hacienda: tomarlo, si se lo dan, enhorabuena, pase; mas procurarlo y, después de tenerlo, procurar más y más, tenga cuan buena intención quisiere (que sí debe tener, porque -como he dicho- son estas personas de oración y virtuosas), que no hayan miedo que suban a las moradas más juntas al Rey.

5. De esta manera es si se les ofrece algo de que los desprecien o quiten un poco de honra; que, aunque les hace Dios merced de que lo sufran bien muchas veces (porque es muy amigo de favorecer la virtud en público porque no padezca la misma virtud en que están tenidos, y aun será porque le han servido, que es muy bueno este Bien nuestro), allá les queda una inquietud que no se pueden valer, ni acaba de acabarse tan presto. ¡Válgame Dios! ¿No son éstos los que ha tanto que consideran cómo padeció el Señor y cuán bueno es padecer y aún lo desean? Querrían a todos tan concertados como ellos traen sus vidas, y plega a Dios que no piensen que la pena que tienen es de la culpa ajena y la hagan en su pensamiento meritoria.

6. Pareceros ha, hermanas, que hablo fuera de propósito y no con vosotras, porque estas cosas no las hay acá, que ni tenemos hacienda ni la queremos ni procuramos, ni tampoco nos injuria nadie. – Por eso las comparaciones no es lo que pasa; mas sácase de ellas otras muchas cosas que pueden pasar, que ni sería bien señalarlas ni hay para qué. Por éstas entenderéis si estáis bien desnudas de lo que dejasteis; porque cosillas se ofrecen, aunque no de esta suerte, en que os podéis muy bien probar y entender si estáis señoras de vuestras pasiones. Y creedme que no está el negocio en tener hábito de religión o no, sino en procurar ejercitar las virtudes y rendir nuestra voluntad a la de Dios en todo, y que el concierto de nuestra vida sea lo que Su Majestad ordenare de ella, y no queramos nosotras que se haga nuestra voluntad, sino la suya. Ya que no hayamos llegado aquí -como he dicho- humildad, que es el ungüento de nuestras heridas; porque, si la hay de veras, aunque tarde algún tiempo, vendrá el cirujano, que es Dios, a sanarnos.

7. Las penitencias que hacen estas almas son tan concertadas como su vida; quiérenla mucho para servir a nuestro Señor con ella, que todo esto no es malo, y así tienen gran discreción en hacerlas porque no dañen a la salud. No hayáis miedo que se maten, porque su razón está muy en sí; no está aún el amor para sacar de razón; mas querría yo que la tuviésemos para no nos contentar con esta manera de servir a Dios, siempre a un paso paso, que nunca acabaremos de andar este camino. Y como a nuestro parecer siempre andamos y nos cansamos (porque creed que es un camino abrumador), harto bien será que no nos perdamos. Mas ¿paréceos, hijas, si yendo a una tierra desde otra pudiésemos llegar en ocho días, que sería bueno andarlo en un año por ventas y nieves y aguas y malos caminos? ¿No valdría más pasarlo de una vez?