De Cena familiar a Ritual de religión
(Décimo día)
Comenzó en una cena. Presidida por Jesús. Horas antes de la tormenta. Cena con sabor a despedida, a traición y a espantada. Después de la cena llegó el horror y el desastre. Ya solos, sin Jesús, acosados por el miedo, aguantaban reunidos. Alguien les trajo la absurda noticia: ¡Vivía! Pero era una mujer quien lo había visto. ¡Una mujer! ¿Acaso Yahvé estaba cambiando las reglas de juego?
Como toda vida que comienza, lo hace en medio de un caos. “La tierra era un caos informe. Sobre la faz del abismo, la tiniebla. Y el aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas” GN 1, 2.
Llenos de miedo, pero ya con la extraña vivencia de que el Maestro vive, se reúnen como judíos que eran. Rezan como judíos. Comen como judíos. Y con el recuerdo del Maestro, lo imitan al partir y repartir el pan y el vino. Seguramente no comprenden bien lo que hacen, pero lo hacen en su memoria. Ese recuerdo y sus palabras van iluminando la mesa. El grano de mostaza germina y comienza a crecer.
Como judíos sueñan como hicieron sus profetas: (Is. 60, 1-4)
¡Levántate, brilla, Jerusalén, que ha llegado tu luz,
y la gloria del Señor ha amanecido sobre tí!
mira cómo la oscuridad cubre la tierra,
y espesa nube a los pueblos,
pero sobre ti amanece el Señor
Caminarán las naciones a tu luz,
Alza los ojos en torno y mira:
todos se reúnen y vienen a ti.
También lo soñó Jesús. Pero fue sólo un sueño. Y lo reconoció con amargura: MT 23, 37-39:
« ¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas, y no habéis querido! Pues bien, se os va a dejar desierta vuestra casa. Porque os digo que ya no me volveréis a ver hasta que digáis:
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!»
Después de morir, cuando su Padre lo levantó de la muerte, se enteró de todo: MT 28, 18-20:
Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. ID, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.»
Ellos también, cuando ya se fue el Maestro, empezaron, poco a poco, a comprender el evangelio. En aquellas mesas, en aquellas cenas comenzó el proceso de conversión. Su fe fraguó, muy lentamente.
LC 14, 16-24. Él le respondió: «Un hombre dio una gran cena y convidó a muchos; a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados: “Venid, que ya está todo preparado.” Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: `He comprado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dispenses.’ Y otro dijo: `He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego me dispenses.’ Otro dijo: `Me acabo de casar, y por eso no puedo ir.’
«Regresó el siervo y se lo contó a su señor. Entonces, el dueño de la casa, airado, dijo a su siervo: “Sal en seguida a las plazas y calles de la ciudad, y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, a ciegos y cojos.”
Dijo el siervo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio.” Dijo el señor al siervo: “Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa. Porque os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi cena.»
Y es que en la mesa del Señor está toda la vida del Señor; está todo el sueño de Israel, todo el proyecto del Creador: los hombres convertidos en hermanos, reunidos en la mesa del Señor.
Por eso la eucaristía es una oración de gracias al Padre:
-Por la Creación: obra de su amor.
-Por su amor a todos los hombres,
-Por habernos dado a Jesús que nos enseñó a ser hermanos.
Por eso la eucaristía es una oración de todos juntos
-Para que su Espíritu permanezca en medio de su iglesia: su nueva y única Jerusalén
-Porque somos su Templo, su único Templo.
-Porque todos, su pueblo unido, no necesitamos como los gentiles a un chamán, un brujo, un sacerdote.
Los romanos, los de los templos y sacrificios, creyeron que los cristianos eran ateos: porque no tenían templos, ni sacerdotes ni sacrificios.
Los seguidores del galileo, no se reunían para llorar, ni para implorar perdón ni para ofrecer sacrificios. Se reunían para dar gracias, bendecir a su Dios, recordar a Jesús, comer juntos y sentirse hermanos.
Mucho más tarde vendrían el “yo pecador”, el “ten piedad”, el continuo santiguarse, el ponerse de rodillas, las para liturgias del ofertorio, el altar etc.
Cada iglesia, la de Jerusalén, Alejandría, Roma construía su oración de acción de gracias, su oración eucarística. Anáforas orientales y occidentales.
Estas anáforas locales se escriben, no para unificar jurídicamente, ni para imponer a nadie, sino para poder ser intercambiadas entre unas iglesias y otras. Una forma de “comunión” de unos con otros. Si un obispo de Antioquía o de Bizancio escogía para un día concreto la oración de Roma o Jerusalén manifestaba de ese modo su unión a esas iglesias y a toda la Iglesia del Señor.
La iglesia de Roma fue la primera en retirarse de este intercambio universal. Se acababan los tres primeros siglos. Llegaba la ley. Se imitaba al Imperio. Se controlaba la libertad. La ley, el rito fijado suplía al Espíritu para conseguir una nuevo tipo de unidad. Pero el ritual unificado se cargó la vida y la mesa. Cuando Jesús pedía al Padre “que todos sean uno”, no añadió “aunque estén muertos”.
Más de cinco mil, pequeños o grandes, preceptos ritualistas contó J. A. Jüngmann. Preceptos fabricados en Roma –y sigue la fábrica- para controlar la alabanza y bendición al Padre. ¡Horroriza sólo pensarlo! El ritualismo, el derecho canónico ha disecado la eucaristía. La cena se convirtió en rito.
Luis Alemán Mur