Con virtuosas palabras pletóricas de remembranzas democráticas, “puedo prometer y prometo” ser verdad el hecho que me sirve de reflexión aquí y ahora, aunque a algunos pueda parecerle, además de impresentable, inverosímil. Explicables razones de prudencia, cordura y discreción profesional, me instan a ocultar, hoy por hoy, datos y circunstancias concretas, pudiendo hacerse públicas unos y otras si fuera menester y así lo exigieran quienes se sintieran directamente aludidos. La denuncia periodística está más que justificada aún con tales limitaciones y cortapisas, al centrarse no en un solo hecho preciso y determinado, sino en haber sido, y ser, este “santo y seña” de comportamientos y usos que se creían ya irreversiblemente tachados en la historia de la Iglesia.

¿”Audiencias” y “pontificias”? “Audiencia” es una de las palabras más solemnes registrada en el diccionario. Entre sus principales acepciones emerge la de “acto de oír las personas de alta jerarquía a otras autoridades, previa concesión, a quienes exponen, reclaman o solicitan algo”. La frivolidad en diversidad de grados, extorsionó también pontificalmente el término, y la “audiencia” se convirtió con frecuencias para muchos en timbre de gloria, sello excepcional de nobleza y amistad, además de señal y prerrogativa de distinción y de privilegio social y, en el caso de esta referencia, “religioso” en sus ámbitos más altos.

Con ocasión de rememorar acontecimientos familiares revestidos de alcurnias eclesiásticas, siguiendo con toda pulcritud los procedimientos protocolarios, le fue solicitada una audiencia privada al Papa, en la que los asistentes a la misma disfrutaran del honor de ser portadores de alguno de los apellidos del personaje merecedor de los actos conmemorativos, cardenalicios por más señas. Al establecerse las condiciones de la audiencia privada para los dos centenares de `personas, el “monseñor” de turno les comunicó la conveniencia- necesidad establecida en euros, de que el obsequio se estimara como mínimo en un centenar “per cápita”.

“Por supuesto que se trata tan solo de un libre y voluntario obsequio, del que el Papa no hará uso personal alguno, sino que destinará a las buenas obras con las que está comprometida la Iglesia…” Razones en estos tiempos y contextos curiales tan clarividentes para algunos de los aspirantes a ser recibidos por el Papa, no convencieron a una buena parte del grupo, quienes optaron por cancelar sus nombres del listado, prosiguiendo el programa familiar previsto en el resto de las visitas a los monumentos y participación en los actos religiosos y culturales, relacionados con el nombre y obras realizados en vida por su eminentísimo familiar purpurado.

En el ambiente posterior a la decisión tomada por unos y por otros, no faltaron preguntas cargadas de intencionalidad benemérita, tales como ¿en concepto de qué fue, o habría de ser, reflejado el destino de los euros donados? ¿Se entregaría la correspondiente factura? ¿Se reflejó en la misma el IVA? ¿Están exentas de estos requisitos las donaciones – regalos- compras de este tipo de audiencias privadas?, ¿Qué falta para que también al Papa se les tenga que hacer similares “obsequios” en las audiencias públicas, limitándose este humildemente a solicitarles a los participantes a las mismas que “recen por sus intenciones y las de la Iglesia”?

Estén o no en la nómina de los dicasterios vaticanos, apuesto a que el Papa Francisco no sabe absolutamente nada de la existencia y cometido encomendados a los “monseñores” recolectores de “obsequios” papales con ocasión de las audiencias privadas, que protagoniza, sin el más leve temor a que estén en vigencia, cuáles sean los precios establecidos y cual el tanto por ciento que, legítima o ilegítimamente, se quede en el camino, con títulos y justificaciones redactadas en latín, en griego, en sánscrito o en arameo.

El Vaticano sigue precisando de ejemplarizantes exámenes de conciencia, dolor de corazón y propósito de enmienda, con reparación por los daños ocasionados, en euros, en dólares y en cualquier otra moneda con las que se hablen y comuniquen entre sí, y con la jerarquía, los cristianos, lo mismo con indulgencias que sin ellas. La renovación- reforma de la Iglesia protagonizada por el Papa Francisco contará necesariamente con la reconversión de los monseñores curiales, quienes la mayoría de las veces se limitarán a cumplir las órdenes de sus respectivos e inmediatos jerarcas.

Dinero e Iglesia, y más en sus eminentísimos y representativos órdenes y esferas, jamás se matrimoniaran entre sí, ni establecerán relaciones, con IVA o sin IVA, de elegancia y rectitud evangélicas. Estipendios, aranceles y otras fórmulas de recaudación dineraria, acolitarán a perpetuidad, y con escándalo, procedimientos tales como los relacionados con no pocas “audiencias privadas” pontificias.

Mercar, aparroquianear algo religioso mediante el dinero, jamás serán verbos litúrgicos, por mucho que el Papa Gregorio VII en el siglo XI alardeara de que “el poder pontificio es pleno y universal”. Con dinero es además imposible dialogar con las Iglesias, con las demás religiones, con los otros y ni siquiera consigo mismo. Dinero y palabra, si esta es de honor, cercenan toda posibilidad de cercanía y de entendimiento.